A finales del año pasado murió mi abuela. Y puedo decir que ha sido la muerte más difícil de entender que he vivido. Contaré porqué. Mi abuela tenía una energia desbordadora, nunca estaba quieta pero era, sobretodo, una persona disfrutona. Disfrutaba enormemente de todas las cosas que hacía, que hacíamos nosotros, e incluso de las que intuía que se podían vivir y de las que hablábamos sin tapujos ni miedos. Hoy andaba por la calle con un abrigo rojo que me compré ayer en una tienda de segunda mano y al ponérmelo he sentido que estaba ahí. L'àvia Cristina estaba justo a mi lado admirando la textura del abrigo y emitiendo una especie de grito que hacía cuando me decía que era la más guapa del mundo. Acompañaba los piropos (que yo recibía encantada y dispuesta a devolverle), siempre de un gesto de admiración, un ooh con cara de asombro exagerado. Lo hacía cuando me venía a recibir al jardín de su casa poniéndose un jersey en los hombros para evitar el frío.
Eso no puede morir. Me parece que hoy, un año después de despedirme de ella en una habitación de hospital, con todas las mujeres de la família reunidas a su alrededor antes de que llegara mi padre y mi hermano, lo he entendido. He entendido el impacto que tiene su historia personal en mi manera de ser. Su inteligencia y capacidad de amar y hacer crecer la curiosidad y las plantas. Esa es la herencia, las herencias, que esta mujer maravillosa ha dejado en mi cuerpo y en mi manera de ser. Ahí estás, avieta. En mi cocina tengo una foto tuya a la que tiro besos mientras preparo espaguetis, me quedé también la caja dónde guardabas el chocolate en el mueble del comedor y ahí guardaré siempre mis tabletas. Escucho una canción de Maria Dolores Pradera, la abro, la huelo y me convierto un poco en ti.
1 commentaire:
uff
emoción.
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