26/09/2016

Sonata o sonase

La profesora de yoga me llama Míriam. Desde el primer día que entré por esa puerta hace un año y medio. Ayer me decía que cree que esa confusión es demasiado extraña y que no le pasa con nadie más. Dice que es algo profundo lo que hace que me tenga que llamar de ese modo a pesar de saber que me llamo Júlia. Aún no me convence.
Luego está Promethea, no os he hablado de este libro aún por culpa de no haberlo podido leer del tirón sinó con un verano de por medio. Y también porque requiere su tiempo y quiero digerirlo bien antes de soltar las tonterías que he ido soltando a todo el mundo des de la página 3 de el cómic que cambiaría su vida para siempre (siempre me ha gustado cuando en una historia se cuenta algo como si el protagonista no supiera que lo que está viviendo en ese instante va a tener una gran importancia en su futuro). Pues está la idea del TODO y de si en algun otro sotio yo me llamo o me llamaron Míriam. Y estan también estas, nuestras queridas y odiadas redes sociales. En ellas a veces encuentro la casualidad necesaria, el like a tiempo o la referencia cruzada que me hace creer que todos formamos parte de lo mismo aunque nuestro cerebro y nuestras malas costumbres (como el trabajo) no nos permitan verlo ni sentirlo. Creo (bueno sé) cosas. Creo que mientras escucho Schubert en el tren hay una persona en el vagón cuyos auriculares desprenden una melodía que si puedieramos juntar con la Sonata 20 crearían la mejor canción del mundo (ese juego que me inventé y que dejó impresionada a Zaida un día que nos invitaron a fumar hachís). Lo sé. Sé que me lee gente que no sabe que yo sé que me lee. Que no sabe que me atrae. La atracción al vacío de la que hablaba Jordi ayer cuando nuestros comensales nos iniciaban en el concepto de vejez. Sé cosas. Otras no. Pero sé cosas. Cogedme del brazo si me véis por la calle, con cariño, me mirais y me decís que vosotros también sabéis esas cosas, que las habéis leído que os han pasado y que las habéis soñado.

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