Lettre à Romain:
De repente me voy de París y haciendo la maleta he visto tus libros. Ni de coña me había olvidado de que los tenía en casa. Es duro decírtelo por carta, porque me apetecía tenerte delante y ver tus gestos, morrearnos por última vez.
Evidentemente, a pesar de mi convicción de que lo que tú y yo vivimos no se ha borrado tampoco de tu mente, decidí no llamarte antes de irme. Vamos, está claro que no te lo merecías, no?
No he leído tus libros. Empecé con uno de ellos con la sensación de que aún me quedaba toda la eternidad para devolvértelos. Y mira, cuatro meses tarde me voy de la Ciudad y dejo muchas cosas. Si te digo la verdad, con que queden en el recuerdo como aquello por lo que un día me emocioné y temblé, ya me doy por satisfecha.
Nos hemos conocido poco. No he descubierto lo que hay en el centro de tu universo, aunque por deducción, imagino que lo que hay eres tu mismo. Pero Romain, cariño, tienes que saber que tu no puedes ser tu persona favorita. Qué ganas tenía de decirte esto, de verdad.
Hemos vivido poco pero bonito; y no me digas que no te ha gustado conocerme porque no me lo voy a creer.
No voy a hablar de lo que no entendí, porqué no vale la pena. Pero al menos quiero que sepas que yo me sentí muy bien a tu lado, que me encantó nuestra primera noche. Fue de aquellas en las que, mientras la estas viviendo, deseas que vengan muchas más, muchas más, “todas como ésta, por favor”.
Fuimos amigos unos cuantos días pero después vino toda esa mierda que estaba convencida de que nunca llegaría contigo, y empecé a no entender. Como supongo que no entendiste ni tú. O sí, o no.
El “no vale la pena que te preocupes por él” es lo menos original que se me ocurre cuando pienso en ti. Y creo que debes saber que te portaste de la manera menos elegante que supiste. Todo el respeto y la magia que mostrabas al principio se ha ido desvaneciendo y ahora solo me queda creer que la situación y tus ganas de protegerte de algo de lo que nadie se debería proteger, hicieron que actuaras como un auténtico hijo de puta conmigo.
Te encuentro muy guapo. Tengo que decírtelo. Te encontraba tan guapo, que la primera vez que te ví por la mañana con el albornoz azul fumando en el sofá, me imaginé a tus padres mirándote de pequeño y diciendo: tenemos el hijo más guapo del mundo.
Eras, y lo digo seriamente, un hombre interesante. Sólo cuándo bebías me hablabas con sinceridad, jugabas con habilidad tu papel de hombre bohemio con polla grande. ME ENCANTABA que hicieras eso. No sentí nunca la necesidad de esconder la excitación que me provocaban tus piernas abiertas donde reposabas tus codos para liarte un cigarrillo.
Lo bueno, sin embargo, es que yo me mostré exactamente como me apetecía mostrarme. Fui siempre yo, y lo hubiera seguido siendo si tu no hubieses cerrado toda posibilidad de que me acabara enamorando de ti quedándote más ancho que largo.
Me siento un poco estúpida al escribir todo esto. De verdad que no sé comportarme de otra manera. Yo soy así, Romain. Pero tu eso no lo llegaste a descubrir.
Espero que te tomes esto un poco a broma. Que digas: “Miranda, si es que mira que somos ridículos los humanos a veces” y te rías. Espero que no te de igual que nos hayamos encontrado, aunque después sólo haya sido eso: un encuentro, uno de tantos, probablemente.
Por la pereza que me dan los desenlaces y los finales de las historias, no me despido de ti. Pero si alguna vez paso por tu cabeza nadie podrá oírte así que piensa en mi, como si me quisieras.
De repente me voy de París y haciendo la maleta he visto tus libros. Ni de coña me había olvidado de que los tenía en casa. Es duro decírtelo por carta, porque me apetecía tenerte delante y ver tus gestos, morrearnos por última vez.
Evidentemente, a pesar de mi convicción de que lo que tú y yo vivimos no se ha borrado tampoco de tu mente, decidí no llamarte antes de irme. Vamos, está claro que no te lo merecías, no?
No he leído tus libros. Empecé con uno de ellos con la sensación de que aún me quedaba toda la eternidad para devolvértelos. Y mira, cuatro meses tarde me voy de la Ciudad y dejo muchas cosas. Si te digo la verdad, con que queden en el recuerdo como aquello por lo que un día me emocioné y temblé, ya me doy por satisfecha.
Nos hemos conocido poco. No he descubierto lo que hay en el centro de tu universo, aunque por deducción, imagino que lo que hay eres tu mismo. Pero Romain, cariño, tienes que saber que tu no puedes ser tu persona favorita. Qué ganas tenía de decirte esto, de verdad.
Hemos vivido poco pero bonito; y no me digas que no te ha gustado conocerme porque no me lo voy a creer.
No voy a hablar de lo que no entendí, porqué no vale la pena. Pero al menos quiero que sepas que yo me sentí muy bien a tu lado, que me encantó nuestra primera noche. Fue de aquellas en las que, mientras la estas viviendo, deseas que vengan muchas más, muchas más, “todas como ésta, por favor”.
Fuimos amigos unos cuantos días pero después vino toda esa mierda que estaba convencida de que nunca llegaría contigo, y empecé a no entender. Como supongo que no entendiste ni tú. O sí, o no.
El “no vale la pena que te preocupes por él” es lo menos original que se me ocurre cuando pienso en ti. Y creo que debes saber que te portaste de la manera menos elegante que supiste. Todo el respeto y la magia que mostrabas al principio se ha ido desvaneciendo y ahora solo me queda creer que la situación y tus ganas de protegerte de algo de lo que nadie se debería proteger, hicieron que actuaras como un auténtico hijo de puta conmigo.
Te encuentro muy guapo. Tengo que decírtelo. Te encontraba tan guapo, que la primera vez que te ví por la mañana con el albornoz azul fumando en el sofá, me imaginé a tus padres mirándote de pequeño y diciendo: tenemos el hijo más guapo del mundo.
Eras, y lo digo seriamente, un hombre interesante. Sólo cuándo bebías me hablabas con sinceridad, jugabas con habilidad tu papel de hombre bohemio con polla grande. ME ENCANTABA que hicieras eso. No sentí nunca la necesidad de esconder la excitación que me provocaban tus piernas abiertas donde reposabas tus codos para liarte un cigarrillo.
Lo bueno, sin embargo, es que yo me mostré exactamente como me apetecía mostrarme. Fui siempre yo, y lo hubiera seguido siendo si tu no hubieses cerrado toda posibilidad de que me acabara enamorando de ti quedándote más ancho que largo.
Me siento un poco estúpida al escribir todo esto. De verdad que no sé comportarme de otra manera. Yo soy así, Romain. Pero tu eso no lo llegaste a descubrir.
Espero que te tomes esto un poco a broma. Que digas: “Miranda, si es que mira que somos ridículos los humanos a veces” y te rías. Espero que no te de igual que nos hayamos encontrado, aunque después sólo haya sido eso: un encuentro, uno de tantos, probablemente.
Por la pereza que me dan los desenlaces y los finales de las historias, no me despido de ti. Pero si alguna vez paso por tu cabeza nadie podrá oírte así que piensa en mi, como si me quisieras.
1 commentaire:
en la punta de la lengua siempre se queda lo mejor. y sé que esto puede llevar a chistes malos y fáciles. no es mi intención (o sí)
he visto que hacéis sesiones de jetuilelle esta noche y no puedo no sentirme extremadamente envidiosa. no sabes cuánto os echo de menos, así que por favor, acordaos un poquitito de mi.
un beso a los jetuilelle.
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